Por Eva Montero, psicóloga del Deporte
Si le preguntas a un profesional por qué sufre tanto sobre la bici te dirá que es su trabajo y le pagan por ello. Pero qué pasa con los aficionados que pedalean por amor al arte y, muchas veces, se entrenan con más ahínco que los propios profesionales. ¿De dónde vienen tantas ganas por pedalear? ¿Con qué mecanismos psicológicos nos armamos para justificar nuestros sacrificios y penalidades?
Hace unas semanas, me encontraba subiendo un puerto a primera hora de la mañana, sin apenas coches, escuchando a los pajaritos y el roce de la rueda con el asfalto cuando a lo lejos distingo otro sonido: voces de más ciclistas. Mientras esperaba a que me sobrepasaran y contestar con un “hasta luego” al supuesto “hola”, o un “gracias” al “ánimo, muchacha, que ya queda poco”, podía entender perfectamente lo que decían, puesto que el tono era alto. Se trataba de una recta larga y con cierto desnivel, así que hasta que me alcanzaron me enteré de buena parte de la conversación. Eran dos pero sólo hablaba uno. “Pues no sé que me pasa, pero cuanto más entreno peor me siento”. “Y además me quedo hecho un asco, el lunes llego fatal a trabajar, y me dura hasta el martes, el miércoles es cuando ya me empiezo a encontrar mejor, pero luego llega el fin de semana, vuelvo a montar en bici y me vuelvo a encontrar mal…”.El resto de la ascensión lo pasé reflexionando sobre esta curiosa revelación. Hasta entonces concebía el deporte aficionado como una excelente forma de desconectar del trabajo, como si te pasaran un borrador por la cabeza, dejándola despejada y limpia para la siguiente jornada laboral. La opinión generalizada entre mis compañeros y amigos era la misma: ya sea en un gimnasio o al aire libre, el deporte se convertía en su “medicina” anti-estrés, el momento lúdico, la sensación de libertad, la válvula de escape a los problemas cotidianos.La bici como afición
Evidentemente, para quien se gana la vida dando pedales, trabajo y deporte es lo mismo. En cambio, para los que montamos por afición, la hipótesis de utilizar el deporte para “desconectar” de la vida laboral no está nada clara.

¿De dónde salen tantas ganas de dar pedales?


